Independencia y moneda

En un contexto como el actual, donde no es impensable la independencia de un territorio perteneciente a la Unión Europea, ya sea Escocia, Catalunya o las Islas Canarias. Es importante plantearse que pasaría con el sistema financiero y monetario de estos hipotéticos futuros estados independientes.  Ha sido esta misma semana cuando el presidente de la Generalitat, Artur Mas ha presentado un plan de gobierno con varias propuestas, entre ellas la creación de un banco público con unas funciones aún por definir.

El maltrecho sistema financiero español está aún recuperándose del golpe que represento el estallido de una burbuja productiva jamás visto en España. Exceptuando los grandes grupos como el BBVA, el Banco Santander y el reconvertido Caixabank, el resto del sector está hecho jirones. Destacar ante todo a Bankia como ejemplo de mala gestión política, porqué todas las entidades que han estado al borde de la quiebra y salvadas por el FROB eran cajas de ahorros con una gestión totalmente política. En Catalunya tenemos el caso de CatalunyaBank (el cual se esconde bajo el nombre comercial de CatalunyaCaixa). El caso de esta última entidad es aterrador: A pesar de haber recibido más de 12.050 millones de euros en ayudas públicas y después de traspasar activos tóxicos al banco malo (Sareb) por valor de 6.700 millones, sigue sin encontrar comprador. Hablar del sector financiero es imprescindible para entender que podría pasar si tuviéramos un nuevo Banco Público. Esta podría ser una entidad que diera crédito de forma más fácil en comparación con el resto del sector (un comportamiento totalmente irresponsable) y que vuelva a dar paso a un proceso de expansión crediticia que en el corto plazo volverá a “poner en marcha” la actividad económica pero que en el largo plazo nos llevará de nuevo a un doloroso proceso de reestructuración de la estructura productiva, previamente distorsionada. Ya hemos tenido una banca pública, se llamaban cajas de ahorro.

El crédito barato no ha servido para nada, ha engañado a todos los agentes económicos y los ha atrapado en la trampa del endeudamiento que tanto daño está haciendo. ¿Es que queremos ver más familias desahuciadas? ¿Y empresas cerrando? ¿Y un crecimiento desmesurado del paro? Los gobiernos siguen siendo alcohólicos sin desintoxicar, sedientos de crédito, parece que no hayan aprendido nada.

Si bien esta opción ya parece terrorífica, la otra es la peor pesadilla imaginable, tener el enemigo en casa. Existe la posibilidad que este nuevo Banco Público podría ocupar la función de futuro banco central en caso de la independencia de un territorio. ¿Que implicaría tener un Banco Central propio? Pues depende de cuál fuera la situación monetaria. ¿Qué sentido tendría institucionalizar un Banco Central si ese territorio se mantuviera dentro del euro? Solo el hecho de conseguir una opción de voto en el eurosistema de bancos centrales justificaría la creación de un nuevo banco central en el territorio escindido. Esta opción no está exenta de inconvenientes, pero dejemos este aspecto para la reflexión final.

Hay quien cree que existe la opción de adoptar el modelo de suizo; una moneda propia, refugio de valor y con unos tipos de cambio bastante estables. Pero esto en la “Europa del Sur” es imposible, no tenemos ni el orden, ni los impuestos ni el modelo político de Suiza. ¡Más Quisiéramos! Un banco central con moneda propia seria una condena para cualquier nuevo estado. Lo primero que pasaría es que esa moneda tendría que depreciarse muchísimo respecto del euro, con lo que se produciría un efecto de aumento de las exportaciones como consecuencia de esta “devaluación competitiva”, pero todo lo que ganaríamos por un lado lo habríamos perdido previamente por otro. Los ahorros de todos los ciudadanos habrían desaparecido de un plumazo. Ante una situación de cambio de divisa, es posible que la estructura de capital de las entidades financieras colapsara por varios motivos. El primero es que ante una situación de riesgo de tal magnitud es posible que la fuga de depósitos pusiera en jaque a la mayoría de los bancos, que habrían visto desaparecer una parte significativa del capital en cuestión de semanas o días. A las ya débiles entidades financieras se les devaluarían de forma forzosa los activos de sus balances, haciendo que los préstamos contratados con la banca internacional y que tendrían que devolverse con euros o dólares, fueran ahora una parte mucho más importante de su pasivo. Las quiebras en cadena solo se evitarían con ingentes préstamos de este nuevo banco central que no harían más que depreciar nuevamente la moneda.

Como hemos visto el mero intento de introducción de esta nueva moneda ya pondría en peligro el sistema financiero entero, pero es que además, existen otros riesgos. Cabe la posibilidad que el gobierno de turno, agobiado por la presión mediática, decidiera no solo no ajustar su presupuesto, sino aumentar el gasto y financiarlo mediante monetización de deuda, fácil y peligroso. Este proceso sin fin nos llevaría a una consecuente inflación. Poco a poco los precios se irían disparando y los ahorros ya devaluados de todos los ciudadanos quedarían en nada. La inflación es un impuesto silencioso que quita el poder adquisitivo de los ciudadanos y lo envía al gobierno de turno que lo aprovecha para seguir aumentando su gasto.

Quedarse en el euro no es gratis. Lo primero que debemos tener en cuenta es el efecto multiplicador que produce el euro. Cuando se produce la expansión crediticia, la tergiversación de la estructura productiva y el aumento de precios, se produce a nivel europeo. Si este es un proceso ya es peligroso de forma aislada, imagínense que puede pasar si se le da cuerda a gran escala. Mejor dicho, pare de imaginar, lo está viviendo ahora mismo. ¿Estamos dispuestos a correr el riesgo de sufrir otra gran recesión?

Así pues, ¿Cual es la solución? Entre todas las descabezadas propuestas que se nos ponen delante, ninguna de ellas contempla la opción de crear una moneda basada en un patrón oro o respaldada por varios metales. Este tipo de moneda tendría la enorme ventaja de no dejar gastar a nuestros políticos mucho más y mantendría el valor de nuestra moneda bastante estable respecto a las demás. Pero el precio del oro es bastante inestable y no creo que fuera una solución realista. La solución a la actual algarabía monetaria no es otra que la libertad de elección. Cuando uno puede decidir cuál es el método de pago que desea utilizar es normal que se llegue a lo que yo llamaría una situación de mercado. Que los estados abandonen el monopolio, hagan que el mercado actúe, que haya competencia no sólo entre bancos centrales sino también entre emisores privados de estándar monetarios metálicos e inimaginables posibilidades a las que conduciría el mercado.

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Artículo publicado el 15/06/13 en la edición de papel de La Gaceta, página 19 entera.

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