Disquisición sobre la economía colaborativa

Ahora que Barcelona se perfila como la única ciudad europea que se va a quedar sin Uber es especialmente adecuado diseccionar el ya conocido fenómeno de la ‘economía colaborativa’. La economía es siempre un fenómeno social, y las palabras, nunca vacías de un significado moral, pueden jugar un papel determinante a la hora de que aceptemos ciertos cambios, ideas o modelos de comportamiento.  Cómo es sabido la lengua inglesa, capaz de convertir un sustantivo o un verbo en adjetivo con tan solo un -ing es la reina en la ‘venta de ideas’, especialmente cuando la usan esos fenicios del nuevo mundo que son los norteamericanos. Y el caso de la economía colaborativa, traducción acertada de sharing economy no es una excepción. ¿Es que acaso se le puede reprochar a alguien que comparta o que colabore? En el ideario colectivo de occidente colaborar y compartir destacan cómo valores en la cima de la pirámide de Maslow del buenismo, así que definitivamente alguien parece haber hecho su trabajo.

Muchas veces a los estudiosos de la economía se nos olvida que, aunque la ciencia económica no debe realizar juicios de valor, el resto de personas sí los hacen, y dichos juicios afectan profundamente a la comprensión de la realidad social que estamos intentar comprender. De hecho hay gente profundamente indignada por el hecho de que Uber o Airbnb sean calificados de economía colaborativa y no lo sea el panadero de la esquina y el vecino que le compra la barra de cuarto todos los mediodías.

Definamos primero dicho fenómeno y comprobemos si tiene la gente derecho a indignarse. El modelo de negocio de Airbnb, Uber, Sharing Academy, BlaBlaCar o Lendingclub consiste en crear un mercado conectando a demandantes y oferentes a la vez que genera simetría de información. A saber, gracias a los calificaciones aportadas por otros usuarios ambos participantes conocen la reputación de la contra-parte antes de realizar la transacción. Los ingresos de estas compañías suelen provenir de comisiones que cobran a una o a ambas partes en cada transacción. Básicamente estas plataformas están dando la oportunidad a mucha gente de ofrecer un bien o servicio que antes quedaba sin prestar todo su potencial (alquiler de habitaciones, transporte, clases particulares…). La diferencia entre un panadero y AirBnB es que el primero ofrece directamente su producto (o servicio) y el segundo permite a terceros ofrecerlos. Si cree que estas empresas no están ofreciendo nada pruebe a encontrar un buen profesor particular sin Sharing Academy, a compartir coche sin BlaBlaCar o a realizar un préstamo a un desconocido sin LendingClub. No sólo dedicará mucho más esfuerzo y tiempo sino que la falta de información de estos ‘mercados no conectados’ le impedirá comparar de forma rápida y eficaz la escasa oferta que vagamente encuentre. El resultante final de este proceso será, con toda probabilidad, decepcionante si lo comparamos al que hubiera conseguido usando alguna plataforma de economía colaborativa.

No puedo dejar esté artículo sin destacar que este cambio ha supuesto todo una amenaza a modelos de negocio tradicionales que se han visto convertidos en fabricantes de velas que abogan por una regulación que limite la nueva competencia, tal y cómo paso entre la patronal de autobuses y BlaBlaCar. Esta especialmente egoísta reacción ha sido perfectamente ilustrada por el Catedrático Fernández-Villaverde en un reciente artículo sobre la regulación de las actividades deportivas en la Comunidad de Madrid:

“Cuando alguien menciona la palabra “intrusismo” es prueba de que lo que se trata es de limitar la competencia. No hay nada más castizo, más viejuno y más sinsentido que el término “intrusismo”, es pura mentalidad de “estanco” decimonónico o de sindicato vertical tardofranquista. Y lo de “competencia desleal” es ya de Juan Antonio Suanzes puro.”

La economía colaborativa no es buena (ni mala) por si misma, es tan sólo una nueva manera de ofrecer servicios o bienes y conseguir que las personas que antes no podían comercien y cooperen entre ellas. Que un adjetivo nos evoque una sensación positiva no convierte a lo calificado en algo bueno, en tal caso deberemos examinar el objeto discutido y decidir nosotros si ese adjetivo es acertado.

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